
| 05 junio, 2020
Hoy se celebra la festividad de San Bonifacio, un santo altomedieval tan ajeno al ‘nuevo paradigma’ de evangelización que hoy su hazaña más conocida hubiera merecido más una sanción canónica que la santidad.
Bonifacio -bautizado como Winfred- era un monje inglés de finales del S. VII, una época en que aún una gran parte de Europa, la que quedaba fuera de la limes del ya desaparecido Imperio Romano, era aún pagana.
Concretamente había un pueblo, los sajones, que por lindar con el naciente imperio de Carlomagno preocupaban especialmente al Papa, Gregorio II, que encomendó al monje la conversión de estos adoradores de Odín, Thor y otras personificaciones de las fuerzas de la naturaleza. El encargo era lo bastante grandioso como para que el Papa nombrase a Winfred -renombrado por el propio Papa como ‘Bonifacio’, el que hace el bien- arzobispo de una diócesis bastante imprecisa: básicamente, toda la Alemania pagana.
Frente a la visión edulcorada de los neopaganos de hoy, el paganismo antiguo, el de verdad, tenía menos que ver con una alegre veneración de la naturaleza que con rituales implacables y crueles, como los sacrificios humanos. Después de todo, la naturaleza es feroz, y su adoración suele imitar su ferocidad.
El caso es que cuando Bonifacio se presentó en la primera aldea sajona, coincidiendo con la Navidad, estaban a punto de llevar a cabo un rito de este tipo, el sacrificio de un niño al que reventaban el cráneo con un martillo de piedra. Y no, no estaban interesados en ese extraño Dios del que les hablaba el monje: ellos tenían allí mismo a su dios, un magnífico y antiguo roble, el árbol de Thor. En lo que a ellos respectaba, ahí acababa el diálogo ecuménico.
Así que se propusieron seguir adelante con el ritual. Pero Bonifacio aún tenía algo que añadir: “¡Escuchad, hijos del bosque! La sangre no fluirá esta noche, salvo la que la piedad ha dibujado en el pecho de una madre. Porque esta es la noche en que nació Cristo, el hijo del Altísimo, el Salvador de la humanidad. Él es más justo que Baldr el Hermoso, más grande que Odín el Sabio, más gentil que Freya la Buena. Desde su venida el sacrificio ha terminado. La oscuridad, Thor, a quien habéis invocado en vano, es la muerte. En lo profundo de las sombras de Niffelheim se ha perdido para siempre. Así es que ahora en esta noche empezaréis a vivir. Este árbol sangriento ya nunca más oscurecerá su tierra. En el nombre de Dios, voy a destruirlo”.
A su dios. Es decir, a su representación viviente, aquel roble colosal en torno al cual se reunía la tribu en sus ritos, su pachamama. Y dicho y hecho: echó mano de un hacha que había por ahí y se puso manos a la obra, ante la paralizada estupefacción de los sajones, que no podían creer que nadie se atreviera a tanto.
La tradición cuenta que tuvo ayuda: se levantó un viento terrible que contribuyó a derribar el enorme árbol castigado por el hacha de Bonifacio, con raíces y todo, rompiéndose en cuatro partes con las que luego levantaría la primera capilla.
Porque esta deplorable violencia, falta de escucha atenta y de respeto a la diversidad religiosa y a la espiritualidad de los hijos del bosque, impresionó convenientemente a los atónitos sajones, que debieron pensar que un dios que permitía que un monje lo echara abajo dejaba mucho que desear. Y así empezaron a convertirse en masa, y a convertirse en fieles hijos de la Iglesia -su rey tuvo como padrino de bautismo al propio Carlomagno- hasta la llegada de un monje agustino, Martín Lutero, nacido por esa misma zona siglos más tarde.
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