Contame una
historia distinta de todas,
Un lindo balurdo que invite a soñar.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Contame una
historia...
Mentime al oído
La fábula dulce de un mundo querido, soñado y mejor...
Abrime una puerta por donde se escape
La fiebre del alma que huele a dolor...
Muchas veces, la razón te sofrena, pero el alma se subleva, te
inquiere, te reprocha, te insta a que hagas correr la tinta invisible, y pongas
en el pedestal que merece a este guerrero que desde la trinchera no afloja, y
lucha denodadamente contra las armas invisibles (¿por qué tanta injusticia?)
que me tienen confundido en esta guerra desigual e injusta.
Lo doloroso es que no sé de donde viene y por qué.
Y quizás lo sepa, pero no es tiempo de perder en estos testimonios.
Los guerreros que comparten tu trinchera, como lo hizo Roberto Estévez
(el otro héroe que me conmueve, no tengo ídolos, todos son de barro huero), en
cinco años no has salido de ella, siempre firme con el arma intangible del
consuelo, de la esperanza, del dejar todo en la búsqueda de la ayuda que
tintinea, aparece y desaparece como arte de magia. Este auxilio, no lo esperas
de la retaguardia, sino de arriba, si de arriba, donde tienes puestas todas sus
esperanzas.
¡Y qué decir de mí!
Contigo, intrépido guerrero, no consiento ninguna relación filial, hay
algo más profundo, más perfecto, si casi perfecto.
Compartimos algo inmenso, inigualable en esta vida de dolor, si de dolor.
Me elegiste como tu mejor amigo, me emocionaste, me enorgulleciste, me
hiciste importante, yo un ser humano escondido en su humilde trinchera
escribiendo cosas que van contra el mundo, y que te postran en el anonimato, y
tú me diste las fuerzas para no abandonar mis quimeras.
No poso la mirada ni adelante ni atrás, miro y miro hacia arriba, no
me entrego, y espero ese milagro postrer que te permita de una vez por todas
salir victorioso de la trinchera y corretear por el mundo como todos los niños
como tú.
Ahí será el tiempo de hacer realidad nuestros sueños, todos aquellos
que tenemos pendientes.
Todo es muy desolado, y me dicen:
¡Tú como siempre, idealista y
soñador!
Sí, pero prefiero vivir en el mundo de las ilusiones y no perder las
esperanzas, la fe no me va a abandonar, y ahí sí cuando el sol resplandezca el
firmamento, miraré hacia arriba, te tomaré de la mano, te daré un abrazo interminable,
y será la hora de cumplir, si de cumplir lo prometido, que no es nada al lado
de tan gigantesco regalo de Dios.
Quiero salir de mi sueño, y que la realidad me diga, está feliz, tu
amigo ganó esta batalla.
Salió victorioso de la trinchera.
Dios es infinitamente misericordioso, y espero recoja mes plegarias.
Si no es así aceptaré su voluntad y desde lo más recóndito del
firmamento, amigo, estarás guiando mis pasos cansados.
Escribo por
vos, héroe silencioso de tantas batallas que
afrontas con valor todos los días
BF
Nota: Cuándo aún compartíamos el tiempo juntos.
Roberto
E. Franco
Contame una
historia distinta de todas,
Un lindo balurdo que invite a soñar.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Contame una
historia...
Mentime al oído
La fábula dulce de un mundo querido, soñado y mejor...
Abrime una puerta por donde se escape
La fiebre del alma que huele a dolor...
Muchas veces, la razón te sofrena, pero el alma se subleva, te
inquiere, te reprocha, te insta a que hagas correr la tinta invisible, y pongas
en el pedestal que merece a este guerrero que desde la trinchera no afloja, y
lucha denodadamente contra las armas invisibles (¿por qué tanta injusticia?)
que me tienen confundido en esta guerra desigual e injusta.
Lo doloroso es que no sé de donde viene y por qué.
Y quizás lo sepa, pero no es tiempo de perder en estos testimonios.
Los guerreros que comparten tu trinchera, como lo hizo Roberto Estévez
(el otro héroe que me conmueve, no tengo ídolos, todos son de barro huero), en
cinco años no has salido de ella, siempre firme con el arma intangible del
consuelo, de la esperanza, del dejar todo en la búsqueda de la ayuda que
tintinea, aparece y desaparece como arte de magia. Este auxilio, no lo esperas
de la retaguardia, sino de arriba, si de arriba, donde tienes puestas todas sus
esperanzas.
¡Y qué decir de mí!
Contigo, intrépido guerrero, no consiento ninguna relación filial, hay
algo más profundo, más perfecto, si casi perfecto.
Compartimos algo inmenso, inigualable en esta vida de dolor, si de dolor.
Me elegiste como tu mejor amigo, me emocionaste, me enorgulleciste, me
hiciste importante, yo un ser humano escondido en su humilde trinchera
escribiendo cosas que van contra el mundo, y que te postran en el anonimato, y
tú me diste las fuerzas para no abandonar mis quimeras.
No poso la mirada ni adelante ni atrás, miro y miro hacia arriba, no
me entrego, y espero ese milagro postrer que te permita de una vez por todas
salir victorioso de la trinchera y corretear por el mundo como todos los niños
como tú.
Ahí será el tiempo de hacer realidad nuestros sueños, todos aquellos
que tenemos pendientes.
Todo es muy desolado, y me dicen:
¡Tú como siempre, idealista y
soñador!
Sí, pero prefiero vivir en el mundo de las ilusiones y no perder las
esperanzas, la fe no me va a abandonar, y ahí sí cuando el sol resplandezca el
firmamento, miraré hacia arriba, te tomaré de la mano, te daré un abrazo interminable,
y será la hora de cumplir, si de cumplir lo prometido, que no es nada al lado
de tan gigantesco regalo de Dios.
Quiero salir de mi sueño, y que la realidad me diga, está feliz, tu
amigo ganó esta batalla.
Salió victorioso de la trinchera.
Dios es infinitamente misericordioso, y espero recoja mes plegarias.
Si no es así aceptaré su voluntad y desde lo más recóndito del
firmamento, amigo, estarás guiando mis pasos cansados.
Escribo por
vos, héroe silencioso de tantas batallas que
afrontas con valor todos los días
BF
Nota: Cuándo aún compartíamos el tiempo juntos.
Roberto
E. Franco
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