martes, 16 de enero de 2024

ECONOMIA: ¡COMO TE CONFUNDEN!

 

Las realidades económicas se encuentran, sin dudas, en el hombre. Si éste no hubiese sido creado por Dios no habría razón para hablar de economía. Así de simple, no habría quien se pudiese ocupar de los problemas económicos.

La economía no se da en los ángeles, pues sus bienes son de tal naturaleza que no necesitan ser economizados.

Tampoco se da en los animales, pues éstos, desprovistos de razón, no sienten la necesidad de economizar, sólo se mueven por instinto y resolviendo la necesidad presente.

El joven estudiante de “Aprendiendo economía” – nota anterior - habiendo recapacitado, aplicando solo el sentido común ante tamaña felonía comienza a indagar sobre la “reciprocidad en los cambios”.

Es totalmente inadecuado e inútil hablar de reciprocidad en un mundo corroído por la huella profunda, puesta a fuego, del egoísmo instaurado por el capitalismo liberal, como hecho sobresaliente de la vida social y económica.

En consecuencia, fuera de época resulta tratar de difundir una economía en la cual la reciprocidad en los cambios sea el espíritu que rija todas las actividades económicas.

Esa reciprocidad en los cambios, que es el principio fundante del funcionamiento de una economía natural, permite la existencia de un ambiente social donde todos, si absolutamente todos, son miembros necesarios de la sociedad que integran.

No se necesita ser demasiado “instruido”, para interpretar cuales son las cualidades que dan formas a las relaciones económicas que surgen del “contrato” vigente.

Hay relaciones económicas que están impregnadas por la coacción, en la cual una de las partes exige a otra un bien o una prestación sin recibir nada a cambio de ella. Propia del capitalismo marxista, este tipo de relación se ha incrementado en forma sostenida a partir del momento en que la globalización comenzó a manifestarse en forma expresa. Es notoria su incidencia en las relaciones laborales.

Una segunda forma de integración es la del intercambio, propia de la economía de mercado, instrumento fundante de la democracia liberal junto con los medios de comunicación. A través de ella se sostiene que el equilibrio se logra espontáneamente por el encuentro competitivo de la oferta y la demanda. Al encontrarse ambas se logra el equilibrio y todos quedan plenamente satisfechos.

¡Qué estafa a las ilusiones de tantos jóvenes que adoptan esta premisa como un dogma incuestionable!

Estas familias, ¿qué tipo de intercambios en la vida económica pueden llevar a cabo satisfactoriamente?

Podemos coincidir en que son muy pocos.

Sería indispensable que muchos economistas al elaborar sus elucubraciones de laboratorio, pusieran los pies en tierra y pensaran en el otro, en aquel semejante que no puede satisfacer ni las necesidades elementales y se le niegan los medios para poder hacerlo.

Es falso que el intercambio que surge de la mal llamada competencia, logre el equilibrio de las partes. Es falso porque el sistema se ha fijado como meta, no la atomización de los oferentes, sino la progresiva y constante concentración de las riquezas en pocas manos para plasmar en la realidad ese anhelo indiscutible del poder mundial de una sola economía que rija los destinos de una única sociedad.

En este punto se comprende el interés de los financistas ya consolidados como dueños de los destinos de la humanidad, de colaborar expresamente para que el marxismo fuera una realidad en la antigua Rusia.

¿Por qué?

Porque el marxismo logró en pocas décadas lo que al liberalismo le costó tanto: la concentración de la riqueza.

La tercera de las formas de integración es la de la reciprocidad. En ella se funda la ley de reciprocidad en los cambios que sustenta el funcionamiento de una economía natural llena de significado para todos los hombres.

Esta forma de integración está impregnada por la solidaridad y se distingue básicamente del intercambio por su carácter atemporal.

En el intercambio observamos la vigencia del contrato y la simultaneidad del acuerdo.

Lo atemporal de la reciprocidad se funda en el hecho que una prestación realizada puede ser recompensada un tiempo después. Además, el acuerdo es íntimo de ambas partes. No existe ningún organismo que establezca las pautas, sólo puede servir de orientación.

La última forma de integración económica es la del altruismo. Es de carácter unilateral. Una de las partes entrega un bien o un servicio a la otra, sin requerir ninguna contraprestación a cambio. Para que esta forma logre su plenitud es necesario el anonimato de quien dona, así es apacible el regocijo de quien recibe.

                                                                                                Roberto Franco

                                                                                                  04.08.23

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