Solo puede verdaderamente buscar el Bien Común hasta sus últimas consecuencias, el que ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como así mismo. La fe, la tradición recibida y el amor al terruño van enmarcando esta difícil pero deseable meta.
Pbro. Pedro Emilio Rojas
A fin de evitar todas estas
degradaciones que observamos en los tiempos actuales, una única alternativa es
posible: la consolidación de la sociedad orgánica a la que venimos haciendo
referencia desde hace un tiempo suficiente.
Muchos paliativos se procesan en
todos los ámbitos de la vida social. Desde lo familiar, la difusión de las
políticas de género – diseñadas por los gestores del nuevo orden mundial –
desde lo social, las política de inclusión, desde lo económico, entre otras las
responsabilidad social empresaria, que procura moralizar la empresa dentro de
un contexto socio económico decididamente opuesto al sentir solidario.
Se actúa sobre los efectos y no
sobre las causas. A los promotores del poder mundial les interesa propiamente y
promueven estas políticas porque están en armonía con sus políticas de
uniformidad y servilismo social, económico y religioso de la humanidad.
La sociedad orgánica analiza al
hombre desde sus cuatro dimensiones material, espiritual, social y religiosa.
Fortalecer la familia es un
imperativo inapelable, única solución de semejante deterioro social.
Por la impronta de la modernidad,
primero se fue desterrando Dios, luego el hombre pasó a segundo plano, y todo
lo que rodea a éste en el mundo ha pasado a ser lo trascendente, impulsado –
entre otros – por las Naciones Unidas, generando una inversión total y absoluto
del orden natural.
Ese hombre ideal, a que hacíamos
referencia en nota anterior, requiere indefectiblemente de las sociedades
intermedias, para poder relacionarse eficazmente con el Estado.
No puede ni debe el Estado
ocuparse de todos los requerimientos y necesidades del hombre. De ellas deben
ocuparse progresivamente las sociedades intermedias comenzando por la célula
fundamental de la sociedad: la familia.
Esta integridad esencial y tan
ignorada es el principio de subsidiariedad.
Por él, el hombre debe integrarse
en la vida comunitaria progresivamente partiendo de la sociedad más pequeña –
la familia – pasando por sociedades intermedias como escuela, clubes,
municipios, empresas, etc. para acceder a la huella que debe definir a toda
comunidad: el Bien Común.
Por ello, el principio de
subsidiariedad afecta y obliga a toda la sociedad. No obliga solamente al
Estado, sino en primera instancia al hombre individual y luego a las sociedades
miembros ya que protege las competencias y los derechos en forma progresiva
partiendo de lo individual.
El Bien Común consiste en crear las condiciones necesarias para que
cada miembro de la comunidad alcance su propia perfección.
Por ello decíamos en nota
anterior que “ese hombre germinado luego
de casi dos décadas de vida debe recibir los valores esenciales de su familia,
los valores básicos (orden espiritual –fe-,
orden histórico básico –tradición –, orden geográfico – terruño -) en
los primeros años escolares”.
En última instancia el Bien Común
y el principio de subsidiariedad representan la misma cosa, uno no puede
subsistir sin el otro.
Pero el Bien Común no es una mera
diatriba del voluntarismo, es algo mucho más profundo.
Es una virtud. Es hacerse uno en el prójimo. Se
alimenta de la savia cristiana de la caridad.
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