sábado, 8 de septiembre de 2012

ENTRE EL ABISMO Y LA ESPERANZA: El Hombre y las Sociedades Intermedias


Solo puede verdaderamente buscar el Bien Común hasta sus últimas consecuencias, el que ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como así mismo. La fe, la tradición recibida y el amor al terruño van enmarcando esta difícil pero deseable meta.
Pbro. Pedro Emilio Rojas



A fin de evitar todas estas degradaciones que observamos en los tiempos actuales, una única alternativa es posible: la consolidación de la sociedad orgánica a la que venimos haciendo referencia desde hace un tiempo suficiente.
Muchos paliativos se procesan en todos los ámbitos de la vida social. Desde lo familiar, la difusión de las políticas de género – diseñadas por los gestores del nuevo orden mundial – desde lo social, las política de inclusión, desde lo económico, entre otras las responsabilidad social empresaria, que procura moralizar la empresa dentro de un contexto socio económico decididamente opuesto al sentir solidario.
Se actúa sobre los efectos y no sobre las causas. A los promotores del poder mundial les interesa propiamente y promueven estas políticas porque están en armonía con sus políticas de uniformidad y servilismo social, económico y religioso de la humanidad. 
La sociedad orgánica analiza al hombre desde sus cuatro dimensiones material, espiritual, social y religiosa.
Fortalecer la familia es un imperativo inapelable, única solución de semejante deterioro social.
Por la impronta de la modernidad, primero se fue desterrando Dios, luego el hombre pasó a segundo plano, y todo lo que rodea a éste en el mundo ha pasado a ser lo trascendente, impulsado – entre otros – por las Naciones Unidas, generando una inversión total y absoluto del orden natural. 
Ese hombre ideal, a que hacíamos referencia en nota anterior, requiere indefectiblemente de las sociedades intermedias, para poder relacionarse eficazmente con el Estado.
 No puede ni debe el Estado ocuparse de todos los requerimientos y necesidades del hombre. De ellas deben ocuparse progresivamente las sociedades intermedias comenzando por la célula fundamental de la sociedad: la familia. 
Esta integridad esencial y tan ignorada es el principio de subsidiariedad.
Por él, el hombre debe integrarse en la vida comunitaria progresivamente partiendo de la sociedad más pequeña – la familia – pasando por sociedades intermedias como escuela, clubes, municipios, empresas, etc. para acceder a la huella que debe definir a toda comunidad: el Bien Común.
Por ello, el principio de subsidiariedad afecta y obliga a toda la sociedad. No obliga solamente al Estado, sino en primera instancia al hombre individual y luego a las sociedades miembros ya que protege las competencias y los derechos en forma progresiva partiendo de lo individual.
 El Bien Común consiste en crear las condiciones necesarias para que cada miembro de la comunidad alcance su propia perfección.   
Por ello decíamos en nota anterior que “ese hombre germinado luego de casi dos décadas de vida debe recibir los valores esenciales de su familia, los valores básicos (orden espiritual –fe-,  orden histórico básico –tradición –, orden geográfico – terruño -) en los primeros años escolares”.
En última instancia el Bien Común y el principio de subsidiariedad representan la misma cosa, uno no puede subsistir sin el otro. 
Pero el Bien Común no es una mera diatriba del voluntarismo, es algo mucho más profundo.
Es una virtud. Es hacerse uno en el prójimo. Se alimenta de la savia cristiana de la caridad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

DEJENOS SU COMENTARIO, ¡ALABADO SEA JESUCRISTO!