
| 06 febrero, 2020
‘Integrismo’, en religión, como ‘populismo’ en política, es un término con guiño, es decir, es una etiqueta que se procura llenar de connotaciones negativas sin definirlo con excesiva claridad y del que uno espera que su interlocutor o lector sepa, en concreto, a quiénes se está refiriendo.
En el órgano de Archidiócesis de Madrid, Alfa y Omega, Manuel Bru hace el panegírico de una obra de Juan María Laboa titulada ‘Integrismo e intolerancia en la Iglesia’, empezando por sugerir en broma -pensamos- que el Papa debería, como hiciera su predecesor Pío X con el Juramento Antimodernista, un ‘juramento antiintegrista’.
No conozco la vida de piedad de Bru, ni tengo especial interés por conocerla, pero un paseo incluso casual por las parroquias debería convencerle de que tal juramento sería absolutamente innecesario, y eso sin contar con que el de Pío X no parece haber logrado su objetivo, como el propio Bru reconoce oblicuamente al admitir que, “de hecho, vivimos ya hace más de medio siglo en la posmodernidad”.
Parece como si la ‘posmodernidad’ fuera algo así como un tsunami o un huracán, algo que llega y a lo que hay que adaptarse pero que nadie ha traído y contra lo que no vale la pena luchar. Es más, hacerlo queda de lo más ‘integrista’.
Repasa luego Bru los supuestos brotes de integrismo en la Historia de la Iglesia, algo que, por ser un término ‘ad usum delphini‘, el autor elige con la natural arbitrariedad, siempre en ejemplos más o menos desastrosos. No se le ocurre que quizá no sea imposible que el autor y el propio Bru pudiera haber tachado de ‘integrismo’ la actitud de un Atanasio, tan intransigente y pesado contra la opinión dominante, o de una Catalina de Siena, empeñada en sacar los pies del tiesto y cantarle las cuarenta a todo un Sumo Pontífice.
Pero en esto, como en tantas cosas -la escucha atenta, la misericordia, el diálogo- de moda en los círculos eclesiales, lo que más me interesa es la escasa autoconsciencia de los nuevos adalides de la tolerancia. Quiero decir, que no es que de repente se hayan lanzado a tolerar, como pretenden, todo tipo de posturas alejadas de la propia, sino que en realidad han cambiado de lealtades y toleran lo que aceptan, y aceptan lo que está de moda.
La prueba está en el ejemplo que pone de un cura joven al que critica tener las ‘ideas claras’, con lo interesante que es tenerlas confusas para evangelizar. Esos no entran en el ámbito de la nueva dispensación, eson son, sin más intolerables. Y lo son de un modo, además, que la Iglesia en sus momentos de mayor ‘intolerancia’ ha hecho lo posible por evitar: juzgando los motivos, el interior del alma.
Habla Bru de la “obsesión por llamar herejía o brujería a cualquier novedad en el Medievo”, aunque no fue exactamente en el Medievo donde se concentró la quema de Brujas, sino en el brillante Renacimiento, ni fue la Iglesia Católica la principal culpable, sino los novedosos luteranos. Sea como fuere, eso no ha desaparecido, sino que ha mutado en una forma más virulenta que no usa la palabra caduca, herejía, sino otras como por ejemplo… integrismo. Con el agravante de afirmar -y aquí estamos hartos de leer la palabra en la crítica de ‘los buenos’- que esos supuestos integristas se mueven, a decir de tantos, por ‘odio’ -gravísimo juicio temerario- o que tienen ‘graves problemas’.
No puede Bru, en cambio, ocultar que ese ‘peligro’ se extiende sobre todo en la juventud, lo que debe de ser trágico para una facción que lleva usurpando la palabra con un pie cerca de la tumba.
No sabemos mucho de ese integrismo. No sabemos cuánto hay en él de verdadero ‘integrismo’, en su sentido peyorativo, y cuánto de fidelidad a la Tradición, la única que puede hacernos seguir unidos bajo un pontífice que, sin Tradición, no hay razón alguna para seguir. Lo que sí sabemos es que esos obispos plurales, tolerantes y perfectamente adaptados al mundo que tanto le gustan a Bru han presidido sobre la mayor fuga masiva de la Iglesia sin persecución desde que existe. Se extinguirán, pero podrán grabar en su losa este epitafio: “Al menos, nunca fuimos integristas”.
Ofrecemos a continuación el artículo de Manuel Bru en Alfa y Omega:
Tras leer este libro le viene a uno la idea de proponer al Papa que promulgue el cambio, donde aún se sigue haciendo, del juramento antimodernista por un juramento antiintegrista porque, es evidente, el mayor peligro para la Iglesia de hoy no es el modernismo (de hecho, vivimos ya hace más de medio siglo en la posmodernidad), sino el rebrote con espectacular virulencia de la epidemia del integrismo.
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Como bien explica el profesor Laboa en este libro, la tentación integrista ha acompañado a la Iglesia desde el principio: pretensión de la imposición de la tradición judía a los cristianos gentiles en el siglo I, dureza con los cristianos laxos y apoyo a la exhibición martirial en las primeras persecuciones, obsesión por llamar herejía o brujería a cualquier novedad en el Medievo, seculares acusaciones mutuas de heterodoxia entre Oriente y Occidente, el fundamentalismo católico que acompañó gran parte de las campañas de la Inquisición, o el menosprecio de las culturas indígenas en el encuentro con el Nuevo Mundo. Y ante todo, de lo que el profesor Laboa es un reconocido experto como historiador, el integrismo del siglo XIX, sobre todo en España, cuando «el brusco y brutal aniquilamiento de la experiencia liberal de Cádiz y la reacción radical del Trienio y de la época de Mendizabal dieron al traste con la posibilidad de un catolicismo liberal español, centrado y equilibrado, a diferencia de otros países europeos, más sensatos y equilibrados en sus reacciones». En este libro se nos habla del fundamentalismo en la historia del cristianismo, del integrismo y la religiosidad en la España contemporánea y de las consecuencias de la actitud integrista, terminado con una reflexión final sobre la intolerancia y los fundamentalismos.
El libro mantiene el máximo rigor histórico. La lectura del pasado se nos muestra luminosa para entender el presente. En este caso, el de ese nuevo integrismo que vuelve, el de los últimos años, que se resiste tanto a entender la comunión eclesial como unidad en la pluralidad (y no como uniformidad), como a integrar la presencia de la Iglesia en el pluralismo religioso de la sociedad.
Me ha venido a la memoria una anécdota que me contó un amigo que, hablando con un obispo, le contó que había tenido una larga conversación con uno de sus más jóvenes sacerdotes. Al final, había concluido que lo que identificaba el estilo de aquel, como de tantos otros sacerdotes jóvenes, es que «tenía las ideas muy claras». Al ver mi amigo en su rostro un atisbo de mirada irónica le preguntó: «¿Y eso qué significa?». A lo que el obispo contestó: «Pues, que lástima, ¿no?». Para luego explicarle que no es que sea malo que tenga las ideas muy claras en medio de tanta confusión y relativismo. Lo malo es que algunos utilizan sus ideas claras para corregir a sus interlocutores como si fueran tontos, para responder con intransigencia a las dudas, para abanderar una pastoral reactiva, a la postre antipastoral, en lugar de proactiva ante la sociedad y la cultura de hoy.
Es el integrismo que vuelve, en clérigos y laicos, que se dejan llevar por los intereses económicos y los prejuicios ideológicos de quienes quieren acabar con el pontificado de Francisco y su propuesta de la cultura del encuentro.
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