Como el caos es consecuencia del triunfo del Mal en su lucha a todo o
nada con el Bien, es indudable que tiene una participación activa en las
comunidades, porque ahí emprende su acción demoledora.
Con el advenimiento de la modernidad su evolución se hizo mucho más
evidente, más oscura, contando con los avances en las comunicaciones, la
disipación de la educación, y en los últimos años la introducción de todas
estas políticas que tienen como fin la disolución social.
Naufragar en el caos a algunos les seduce, a otros les favorece y a
muchos los sumerge en la apatía, el desencanto y luego en la desesperanza.
El caos cuando llega afecta las fibras más íntimas de los seres
humanos, pero cuando permanece se va enquistando en toda la trama social,
y cuando se hace “eterno” el aluvión de
miserias que incorpora en su paso sagaz, clava su ancla en las fibras más esenciales
de la comunidad.
El caos, con su ancla incrustada en el corazón de los que luchan por vivir
en el orden, penetra tan hondo que hasta corroe el alma ante tanta crueldad.
Llega a mi mente un juego perverso, que quizás muchos que lo aplican
lo desconocen pero inducidos por esnobismo o por intereses subterráneos
(dinero, poder y bienestar) hacen propio una afirmación de Hegel (¡mira quién!)
“el
conflicto provoca el cambio, y el conflicto planificado provoca el cambio
planificado”.
Es interesante pensar cómo se puede aplicar semejante razonamiento
operativo en una sociedad, en otros tiempos tradicional, como la Argentina.
Acá encontramos una conexión íntima entre el caos, indispensable para
esta operatoria, y la propuesta de Hegel.
Se parte de un tipo concreto de sociedad-gobierno, (tesis), ésta, con
el tiempo acabará provocando la aparición de un opuesto (antítesis).
Ambos son mutuamente contradictorios, y esta lucha (gracias al caos
que forja la antítesis contra el orden) degenera a través de los años en un
tercer tipo de sociedad de características totalmente diferentes.
Esta es la síntesis que termina por absorber y homogeneizar la sociedad en un nuevo tipo de
sociedad que constituye la síntesis.
Este proceso continuo y permanente corrompe el orden, y genera el
caos, artífice esencial de este diseño tenebroso.
En cada síntesis la situación es mejor para los promotores del caos,
pero peor para los que anhelan vivir en una sociedad ordenada y justa.
En las síntesis, los fracasados con su desempeño paupérrimo, se creen
arribar de un mundo sublime, y en medio de espectáculos fastuosos proponen y
prometen lo mismo de siempre, ante la mirada atenta de los progenitores del
caos, que desde las alturas, como dioses satánicos se regodean ante estos
aberrantes padecimientos humanos. Navegan en las aguas plácidas de la liviandad,
entre aplausos y aplausos, generan nuevos y nuevos planes salvadores,
realizando ceremonias ostentosas con cada cambio, como si todo funcionara
maravillosamente. Siempre con la misma matriz de miseria y el guiño cómplice a
los “amos”, que esperan el maná bajado del cielo, ajuste, ajuste, más
endeudamiento, y pago de una deuda inmoral y perversa.
Como decía al comienzo a algunos los seduce el caos, porque sin
importarle nada, solo el pasar y pasar, navegando a la deriva, todo lo tienen sin
sacrificio, lo único que se les exige es decir presente en las marchas y cortes
para dificultar las vida diaria de los que trabajan y al mismo tiempo los
mantienen. Además, sí, son esenciales al momento de votar para mantener este
sistema de decadencia creciente.
Por último están ellos, los seres anónimos que no escatiman o
escatimaron esfuerzos para darle solidez en el buen vivir a su familia, su
comunidad y la Patria.
Hoy, abatidos, abandonaron la brújula terrenal, y enfocan su esperanza
en el arriba, no en el arriba satánico, sino en el arriba de la Fe, ante tanta desolación y hastiados de todo,
piensan con sabiduría: ¿No estaremos viviendo en el fin de los tiempos?
Roberto E. Franco
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