"El reaccionario no es el soñador nostálgico de pasados abolidos, sino el cazador de sombras sagradas
sobre las colinas eternas".
Nicolás Gómez
Dávila
En tiempos de tanta perjura,
silenciosamente se desarrolla una batalla - ¿Quizás final? –entre el bien y el
mal.
La lucha tenaz se ha equilibrado,
las fuerzas contrincantes se entremezclan. Los enemigos se confunden.
El gran arquetipo de la
humanidad, acosada y sometida por la modernidad, aunque parezca mentida, es
sólo uno, humilde, sencillo, austero sin hacerlo notar, y amante de
Ese personaje Dios para algunos,
- cada vez para menos -, hombre prodigio para muchos, y punto de todo tipo de
blasfemias para otros, es simplemente Cristo.
Por ello es profundamente vigente
la pregunta que trataremos de desentrañar.
Pareciera que estuviese difuso
como las neblinas de los amaneceres de invierno, como la penumbra de la luz del
candil, como lo que queremos disimular a fin de evitar compromisos excluyentes,
o mantener la coherencia mínima indispensable para ser un testigo, fiel con las
limitaciones propias del hombre, del sacrificio que hizo por toda la humanidad.
Está difuso, en las
aglomeraciones humanas donde nombrarlo representa para quien lo hace el
destierro y el ostracismo.
Está difuso, en quienes teniendo
la potestad para representarlo, lo hacen con argucia ensalzando sus cualidades
humanas, importantes también, pero silenciando las causas esenciales que
llevaron a que fuera sacrificado sin miramientos.
Está confuso, en el amasijo
triunfalista que se manifiesta ante ciertos acontecimientos fatuos.
Pero, ¡Cristo está!
Está en el aire que respiramos,
en la brisa que nos invade, en lo que asombra, deseoso de ser reconocido, de
ser invocado, de ser nombrado, . . . . .
de ser aceptado.
Está, aunque no nos
familiaricemos con Él, aunque lo tengamos distante, nos resulte indiferente;
aunque nos avergüence rendirle pleitesías por su Reinado Eterno.
Quizás porque ya no tememos a su
juicio final. Porque hemos ido perdiendo
Ya Cristo compite en igualdad de
condiciones, mejor dicho en inferioridad de condiciones con otros dioses menos
exigentes, seductores, equívocos, y por ello son ungidos por los hombres a su
medida.
La modernidad obstaculiza la
fidelidad a Cristo. Todo es corriente, los pecados se diluyen.
Un brebaje filosófico y teológico
maravilloso ha calado hondo.
El hombre ya ha reemplazado a
Cristo.
El tobogán de abandono y
descrédito ya es empinado, casi vertical.
Hace medio siglo, todavía
reclinaba su estampa en la iconografía de los almanaques.
El arriero, en la soledad del
amanecer veía, divisaba la imagen de Cristo, en la copa de los árboles, en las
movedizas nubes que se formaban y se eternizaban en el cielo. Y hasta en la
soplo del viento que recorría el ambiente revivía la voz de Cristo siempre
presente. Cuando se lo busca con denuedo, ¡Cristo está!
El arriero ya no existe. En su
lugar, en la estepa desierta transita un bólido mecánico conducido – por un
hombre alejado de las inclemencias de la naturaleza - que se comunica con el
mundo a través de ese invento (celular) – que tanto seduce y que tanto
esclaviza.
Nos esclavizan y nos despojan
hasta del tiempo, del tiempo para encontrar a Cristo, para gozar de su infinita
presencia. Lo hacen para – sojuzgado el hombre en sus derechos naturales
irrenunciables – permitir engrosar el becerro de oro de tantas compañías, cuyos
dueños después dilapidan el tiempo cautivo y sumiso de los trabajadores en
festejos ostentosos.
La conclusión de Belloc a su
Quinta Herejía es que las tinieblas de
este mundo siempre están listas para la destrucción de la Fe y de la Iglesia.
María Donadío de Gandolfi agrega o bien la Iglesia será reducida al silencio
(paganismo reeditado), o bien, reaccionará y se pondrá a la cabeza de la
civilización humana El peligro es un “cristianismo mesiánico, humanista”, un
triunfalismo ilustrado. La respuesta es la confianza en Cristo. La
auténtica actitud cristiana es huir de los grises, del simulacro y del
mimetismo.
Roberto E. Franco
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