Leía con atención una invitación a asamblea comunitaria del Centro de
Almaceneros de Concepción del Uruguay, donde convocan a instituciones y
ciudadanos en general a una reunión como consecuencia de la suba que ha
dispuesto el gobierno provincial en la energía eléctrica.
Me parece oportuna esta iniciativa, la cuál debe ser continuada por un
análisis exhaustivo de lo que sucede desde hace muchos años, digamos décadas
con la disolución lenta, paulatina y programada de la trama social de la cuál
tanto nos jactábamos en otros tiempos.
Coincido con el comunicado de esta gente angustiada, que sea con
respeto, pero que no sea solo un reclamo, sino que se investiguen la causas de
este problema que cada día se hace más opresivo.
Lo que sucede en la ciudad vecina debería ser ejemplo para otras como
la nuestra, donde existen infinidad de instituciones, tarea propia de la
Corporación del Desarrollo de Gualeguaychú, a fin de investigar, diagnosticar,
evaluar y proponer soluciones integrales al problema.
La energía eléctrica no es más que una parte del todo.
Como decía Platón hay que distinguir cada hipótesis (una parte) y unir
en la hipótesis superior (el todo) que tiende al Bien y la Verdad.
¿Es viable una comunidad en la cual –según el PBI - en medio siglo la
renta al campo (con una pavorosa concentración en pocas manos) haya caído 7
puntos, la representatividad del salario haya caído a la mitad y el beneficio
al capital se haya incrementado más de 3 veces, llevándose un 21,6 % del
producto bruto?
En pocas palabras eso se llama concentración y no local, ni nacional,
sino multinacional.
No son capitales de una patria u otra, son capitales nacidos de la
nada que lenta pero firmemente se han ido apoderando de los recursos, y hoy ya
lo manifiestan con suficiencia.
Mil veces lo he escrito y demostrado. La deuda externa no es más que
la forma subliminal de aplicar el imperialismo de la usura, para apoderase de
los recursos de las naciones.
Pero, claro, no educamos y en consecuencia no investigamos y al final
de cuentas no llegamos a discernir cual es la causa del problema.
La solución no está en seguir meneando a estos “economistas y
filósofos” paridos en las universidades adláteres al Foro de Davos, las
Naciones Unidades, de los cuales uno de esos partos produjo la Agenda 2030 de
la cual se habla, se defiende, se invoca y se pontifica.
¿Pero, se sabe en profundidad que significa y a que intereses
responde?
Ahora bien, no se debe culpar a otros que padecen los mismos
problemas, quizás con mejores perspectivas, pues seguro tendrán quienes luchan
con más ahínco en favor de sus legítimos derechos.
Lo cierto es que los almaceneros, como tantas otras actividades legítimas
de una comunidad son una parte esencial de la vida comunitaria, ahora en
extinción, avasalladas por empresas que vienen, algunas, no se sabe ni de dónde,
y se aprovechan de los exiguos ingresos de las familias.
Ya menos de un tercio de los ingresos regocija las cajas desiertas de
los sacrificados comerciantes locales.
Nos hemos transformado en ciudades con “cobertizos acicalados”
enormes, en los cuales los poderosos de siempre – blandiendo su poder
financiero traído desde afuera - ejercitan sus beneficiosas actividades.
La solución no es pelearnos entre hermanos, sino bucear seriamente
hasta encontrar las causas de este calvario para muchos.
Una asamblea no tiene que ser más que el punto inicial para incentivar
a todas las instituciones competentes a que se aboquen a la búsqueda de las
soluciones integrales por el Bien Común de la comunidad.
Roberto E. Franco
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