El joven de 19 años va,
como todos los días a la facultad, donde recibe una meticulosa “instrucción”
sobre la economía que tantos padecimientos nos provoca.
Es interesante imaginar un
joven en distintas épocas de los últimos cincuenta años.
En lo accidental cambia en
matices, en lo esencial es lo mismo, todo conduce por el laberinto a un final
sin salida.
Allá por los 70 la
enseñanza de la economía se ajustaba a un diseño penosamente unidireccional, el
modelo a seguir era Milton Friedman con su trastornada escuela de Chicago.
Además, había que seguir al
pie de la letra la Economía de Samuelson, esbirro de la elite que llegó a decir
“no me importa quien maneje la economía de un país, basta que yo le escriba sus
libros”.
Quedaban algunos profesores
defensores de nuestra Patria, así en la Facultad de Derecho de la UBA, el
profesor Vaquer pedía libros de textos a los alumnos y todos caían con
Samuelson o Fisher, los desechaba. Un día, un alumno, hijo de un economista
incorrecto le llevó “Economía” encuadernada en cuero de Walter Beveraggi
Allende. Su emoción fue inmensa ante tamaña obra de economía: ¡era su texto de
economía!
La ignorancia y el
servilismo de los profesores sumisos e ignorantes y las universidades sumieron
a Beveraggi Allende en el ostracismo.
¡Defendían la economía al
servicio de los poderes externos y no los intereses de la Patria!
Volviendo al joven
estudiante de esa época, un día el profesor abre el libro de Samuelson y le
enseña la ley cumbre de la economía (para los liberales): ¡la ley de la oferta
y la demanda!
Y les dice “en un eje de coordenadas
se proyectan la oferta y la demanda, como son opuestas en un punto se cruzan y
ese es el punto de equilibrio”.
Es simple, decía y lo dice
hoy, no hay demandantes y oferente insatisfechos, todos lograron su objetivo.
Y agregaba el bien es “la
pulpa”, el precio de equilibrio es “cien” a una cantidad de “mil kgs”: ¡todos
satisfechos, no hay demandantes insatisfechos!
¡Tamaña felonía!
Un estudiante,
perteneciente a una familia de holgados recursos consiente los dichos del
profesor y le dice: “brillante conclusión profesor, eso se puede verificar a
diario”.
Otro joven estudiante, hijo
de un humilde trabajador, de escasos recursos refuta al profesor y le dice con
dolor y firmeza: “profesor, eso es falso, es cierto lo del punto de equilibrio,
pero el error de su análisis es que demandantes no son todas las familias, son
solo las que tienen poder adquisitivo. Los que no entran en la curva de demanda
se mueren de hambre”.
El profesor vio
desmoronarse sus encumbrados conocimientos copiados de la cumbre de la
economía, del pináculo liberal, y quedó en silencio, estupefacto.
El joven reflexivo, regresó
a su casa, la mesa lista lo aguardaba, su familia preparando el almuerzo.
Siempre lo mismo, llegaba y
fustigaba a su padre por su falta de adecuación al mundo, pues la mesa, como
todos los días era frugal, muy frugal, y siempre mirando a su padre lo vapuleaba
por lo que él llamaba su pereza y su abulia.
Ese día fue distinto, saludó
acongojado, tomó a su padre, lo abrazó y sollozando solo le dijo: “perdón viejo
por tanto dolor que te he ocasionado”.
Es así, es simple, sin
vueltas.
Las grandes elucubraciones
que llenan miles de libros, puro palabrerío, siempre los mismos, llenan de frases
inconexas los programas de televisión y los diarios, construyen una realidad
efímera, mientras el devenir del hombre común – la realidad – va por otro lado.
Los que quedan fuera de
esta “realidad construida” (políticas de estado, los que viven de planes), son
los que sostienen esta efímera realidad, y son despojados para sostener el
carnaval lujurioso del poder democrático.
El joven de hoy, padece el
mismo escenario, agravado, pues estudie donde estudie, las anteojeras de los
libelos que le ofrecen carecen de contenido.
Pasado el tiempo, las
historias se reencuentran, con diferencias de matices los dos, padre e hijo han
sufrido y sufren el mismo horror.
Roberto Franco
30.07.23
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