“La participación de
la ley eterna para la creatura
racional es la ley
natural”
Santo Tomás de Aquino
Con este embate inusitado, autoritario y hasta excluyente de los
libertarios es interesante indagar sobre el problema de la libertad y la
autoridad.
Pareciera que la autoridad en una sociedad regida por el libertinaje
(libertad absoluta) no tiene mucho asidero. En este esquema anárquico la
autoridad se diluye como agua entre los dedos, y al mismo tiempo quien debe
ejercerla aparece dubitativo y zigzagueante al deber ponerla en práctica.
Lo primero que se puede decir es que la libertad es fruto de la Verdad.
El hombre es libre por naturaleza, y ello debe ser, no un punto de partida,
sino, una meta.
Como dice Romero Carranza “la libertad es producto de la verdad,
porque al conocer la verdad el hombre consigue ser libre”.
En función de esta anhelada libertad el hombre convive en una
comunidad por lo que “no solo vive, sino que convive, no solo existe, sino que
coexiste”.
Entonces aparece la autoridad, la que no solo debe respetar la
libertad de los hombres, sino que al mismo tiempo debe propiciar los medios para
que esa libertad sea efectiva.
La autoridad debe ejercerse para ponerse al servicio de los demás, y
no para servirse de ellos.
La comunidad comienza a corromperse cuando quien ejercer la autoridad
piensa más en servirse de los demás que servirlos.
Para ejercer la autoridad con éxito se debe lograr el acatamiento de
los otros.
Por medio de la autoridad el poder debe proteger los derechos
esenciales de los seres humanos.
Los que ahora, de la noche a la mañana hacen de la libertad un bien
supremo, sumidos en la más absoluta ignorancia, deben entender que la libertad
corre peligro si el comportamiento de los hombres no está acorde al logro de la
Verdad, el Bien y la Belleza.
Para que quede claro, lo vivido en las últimas décadas en la Argentina
a través del socialismo extremo, excluyó de ipso facto la libertad, pues su
objetivo era la domesticación y el control de la mayor cantidad de seres
humanos posibles, a fin de mantener el poder, su objetivo supremo.
Tanto los extremistas de la libertad, como los defensores de las
políticas públicas hacen un “puente comunicante” entre ellos, muy elevado, que
pasa por encima las sociedades intermedias del orden natural.
Desde el punto de vista de lo real esta puja de casta y anticasta es
efímera, es pura cháchara, porque las condenas de los errores es verborrágica,
no es efectiva, y se debe tener en cuenta que, en cuarenta años de tránsito de
un extremo al otro del puente, en una Nación rica, tenemos la mayoría sumidos
en la pobreza. Y lo más grave es que se destruyeron todas las virtudes del
orden social, como la familia tradicional, la educación, la defensa de la
soberanía, la identidad nacional, en síntesis, no somos más que un caracú
sabroso que los del norte se vienen a servir con total libertad.
¡Ahí está, esta es la libertad que consiguieron ambos sistemas!
Por ello, como Smith y Marx trabajaban para el mismo patrón, en esta
breve historia desarrollada, nos damos cuenta que sucede lo mismo.
Para que la autoridad funcione y la relación de mando-obediencia se concrete,
no basta un acto de mando, sino que es indispensable el acto de obediencia o
acatamiento a lo mandado.
Para ejercer la autoridad se debe tener el talento natural, dado por
Dios para hacerla efectiva, pero, a esto se le debe adicionar lo esencial, la
convicción ética y moral de quien la ejecuta.
Muchos filósofos materialistas sostienen que, en lo moral, el bien y
el mal, no dependen mas que de leyes humanas, pero toda ley genuina para ser
respetada, guste o no, no debe apartarse del orden natural, para que las generaciones
futuras no padezcan las degradantes consecuencias que hoy sufrimos.
Roberto E. Franco
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