sábado, 27 de enero de 2024

¡AY ANOMIA!


Luego de unir la relación entre el poder y la seducción con sus graves secuelas, es atinado desandar el camino y llevar la reflexión a una de las causas por las que el poder puede seducir a ese o esos hombres fragmentados.

No me cansaré de aludir a la necesidad de la Unidad de las partes en el todo.

La anomia en este caso, la interpreto como la incapacidad o más aún, la indiferencia de determinadas asociaciones como gobierno y entidades, entre otros, para reconocer a ciertos individuos el respeto, la escucha y el apoyo que merecen en aras de obtener los objetivos legítimos de las entidades en cuestión.

Ese rechazo que a veces llega hasta la jocosidad ante ciertas apreciaciones, pone de manifiesto que la falta de normas o el desprecio de las mismas – propio de la anomia - lleva a la segregación penosa de quien busca como hálito impertérrito la vigencia de los valores éticos, desde donde parten todas las vivencias enriquecedoras de los hombres y por ende las instituciones.

Pero la anomia no surge de la nada, es causada, se va jalonando lenta pero sólidamente.

Se van promoviendo una serie de factores que llevarán irremediablemente a la ruptura de las normas o de los principios éticos que brillaban con orgullo.

Para hacer posible este escenario es prioritario ir aglutinando los intérpretes idóneos a ingrata anarquía. Los otrora principios grabados a fuego como la solidaridad y la cooperación son reemplazados plácidamente por el engaño y la intriga.

Lo que persigue con ahínco es camuflar y transgredir los principios del orden, el respeto y en última instancia el bien común. 

Cuando esta patología se hace comun y corriente, todo avanza sobre rieles, a una gran velocidad, dejando a su paso el goce y el disfrute de estas veleidades, hasta que los tropiezos surgen de improviso.

Ahí emerge de la nada la caída del telón de esta tertulia siniestra, y los actores gozosos de tamañas excentricidades y aplausos, desaparecen solapadamente en el tren de la huida, dejando en el andén de la estación agonizante la miseria y el despecho de quienes viajaron en el  tren victorioso, y ahora fueron vilmente engañados.

Los que enfrentaron esta iniquidad, sienten la angustia propia de quienes contemplaron con estupor esta falacia, pues ven derrumbarse las paredes de un caudal otrora floreciente, pero les queda la tranquilidad de que aunque sus esfuerzos fueron en vano, no se enterraron en el lodo de ese pérfido fangal.   

                                                                                Roberto E. Franco   

21.7.21

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