Vemos con
gran preocupación que en este mes de Julio con ocasión de nuestro aniversario
patrio, recordando el día de la declaración de la independencia, y también el mes
en el que se recuerda la Revolución Francesa
se alcen las banderas de dicha revolución sin atender a lo que ésta realmente
ocasionó. Los ideales de esta revolución, libertad, igualdad y fraternidad son
inculcadas constantemente por la casi totalidad de la prensa y los medios de
comunicación, manejados en su gran mayoría (salvo honrosas excepciones) por
liberales, masones, socialistas, comunistas, gramscianos o quienes simplemente
lucran con ello. El sentido de esta revolución es totalmente contrario a la Ley de Dios y de Su Iglesia,
como también es contrario el sentido cristiano de los conceptos de Libertad,
Igualdad y Fraternidad.
La
revolución francesa se presentó como: “soy
el odio a todo orden que el hombre no haya establecido y en el que el hombre no
sea rey y Dios a la vez” como lo describió Monseñor Gaume en 1877. El
hombre se pone delante de todo, lo invade todo, todo comienza en él y culmina
en él. Es ante el hombre que habrá que postrarse. Fue la revolución francesa una revolución sangrienta, atea y enemiga de
la religión, que destronó a Nuestro Señor Jesucristo, se arrodilló a los pies
de la “diosa” razón y pasó por la guillotina a los reyes y a millones de
franceses en nombre de la igualdad, la libertad y la fraternidad.
La esencia
de la masonería la constituyen estas tres palabras mágicas: Libertad, Igualdad,
Fraternidad.
Pero esta Libertad que propone la revolución
francesa, no es la libertad cristiana. Tampoco es la “libertas maior” de San Agustín: elección del Bien infinito en cada
opción por el bien finito. Para San Agustín el Bien es el fin de la libertad, y
la libertad es el medio y propiedad metafísica de la Voluntad. Estos
postulados del cristianismo distan por completo con el ideal de libertad de los
revolucionarios. Para ellos la libertad es la “libertad absoluta” del
individuo, “el libre pensamiento” y “la moral independiente”, la revolución
quiere al pueblo en el origen del poder, postula el divorcio vincular, la
disolución de la familia y el aniquilamiento de la autoridad del Padre de
Familia.
Tampoco es la Igualdad
cristiana, la que propugnan los revolucionarios, para ellos la igualdad es
consecuencia de la libertad desligada y significa el aniquilamiento de las
dignidades accidentales pero constitutivas del singular, una igualdad que era
la destrucción de la autoridad personal, con la destrucción de la autoridad de
Dios, del Papa, y de los obispos.
Como Católicos, Apostólicos y Romanos debemos
comprender y no dejarnos confundir con los preceptos postulados por esta revolución anticristiana que reiteramos
propone una libertad religiosa que otorgaba todo derecho al error y una fraternidad que ya no reconocía a Dios
como el único Padre de todos sus hijos. Una revolución que “igualó” los derechos de Dios con los del Estado…una revolución que
“rebajó” los derechos de la Verdad y los igualó a los
del error, a los de la mentira, poniéndolos al mismo nivel. Una revolución que destronó al verdadero Rey de Reyes Jesucristo y a Su Madre, para terminar de rodillas
ante un Napoleón, emperador auto fabricado y auto coronado.
Cabe
aclarar que este no es un tema histórico sino que goza de gran actualidad, sus
nefastos resultados llegan a nuestros días. Su Santidad Benedicto XVI en su
Encíclica “Spe salvi” sostiene que:
“…la Revolución Francesa como el intento de instaurar el dominio de
la razón y la libertad, ahora también de manera políticamente real. La Europa de la Ilustración , en un
primer momento, ha contemplado fascinada estos acontecimientos, pero ante su
evolución ha tenido que reflexionar después de manera nueva sobre la razón y la
libertad”.
Lo que nos
preocupa como laicos católicos es que en un Estado moderno, la población puede
ser inducida en pocos días e incluso en pocas horas, mediante la radio, la
prensa, el cine, la televisión e internet, a pensar de una determinada manera o en contra
o favor de una persona, de una idea o de la sabiduría milenaria de la Iglesia y del mismo Dios.
La revolución tiene tal potencia que ha amordazado a la opinión pública casi en
su totalidad, al mismo tiempo que se les repite y se les vende hasta el
cansancio que son “libres para
expresarse”. Pero nuestra mayor preocupación es tener que aceptar que el Mal se ha infiltrado aún en la misma Iglesia de Cristo. Como dijera el Papa
Pablo VI, el 29/06/72: “El humo de Satanás
entró en alguna hendidura en el Templo de Dios: la duda, la incertidumbre, la
problemática, la inquietud, la insatisfacción, el enfrentamiento se
manifiestan…la duda ha entrado en nuestras conciencias”.
En síntesis, digan lo que digan todos los revolucionarios
enemigos de Jesucristo, la historia y la experiencia
nos han demostrado que fue solo la
Iglesia de Cristo quien derramó su propia sangre y no la ajena (como lo hicieron los liberales,
masones, socialistas y comunistas) para restaurar en el mundo la dignidad
humana y enseñarle a todos los hombres que son iguales ante Dios. Fue Ella sola
la que introdujo la libertad e igualdad civil y política aboliendo la
esclavitud del paganismo. Ella sola devolvió la libertad, el honor y la
dignidad a la mujer, al niño, al esclavo y a todos los pueblos sometidos,
porque quiérase o no, fuera de Jesucristo y de Su Iglesia, no hay más que
dominación, despotismo y tiranía del hombre sobre el hombre.
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