martes, 24 de julio de 2012

REVOLUCIÓN FRANCESA: LA DESTRUCCIÓN DE LA LIBERTAD, LA IGUALDAD Y LA FRATERNIDAD


Vemos con gran preocupación que en este mes de Julio con ocasión de nuestro aniversario patrio, recordando el día de la declaración de la independencia, y también el mes en el que se recuerda la Revolución Francesa se alcen las banderas de dicha revolución sin atender a lo que ésta realmente ocasionó. Los ideales de esta revolución, libertad, igualdad y fraternidad son inculcadas constantemente por la casi totalidad de la prensa y los medios de comunicación, manejados en su gran mayoría (salvo honrosas excepciones) por liberales, masones, socialistas, comunistas, gramscianos o quienes simplemente lucran con ello. El sentido de esta revolución es totalmente contrario a la Ley de Dios y de Su Iglesia, como también es contrario el sentido cristiano de los conceptos de Libertad, Igualdad y Fraternidad.
La revolución francesa se presentó como: “soy el odio a todo orden que el hombre no haya establecido y en el que el hombre no sea rey y Dios a la vez” como lo describió Monseñor Gaume en 1877. El hombre se pone delante de todo, lo invade todo, todo comienza en él y culmina en él. Es ante el hombre que habrá que postrarse. Fue la revolución francesa una revolución sangrienta, atea y enemiga de la religión, que destronó a Nuestro Señor Jesucristo, se arrodilló a los pies de la “diosa” razón y pasó por la guillotina a los reyes y a millones de franceses en nombre de la igualdad, la libertad y la fraternidad.
La esencia de la masonería la constituyen estas tres palabras mágicas: Libertad, Igualdad, Fraternidad.
Pero esta Libertad que propone la revolución francesa, no es la libertad cristiana. Tampoco es la “libertas maior” de San Agustín: elección del Bien infinito en cada opción por el bien finito. Para San Agustín el Bien es el fin de la libertad, y la libertad es el medio y propiedad metafísica de la Voluntad. Estos postulados del cristianismo distan por completo con el ideal de libertad de los revolucionarios. Para ellos la libertad es la “libertad absoluta” del individuo, “el libre pensamiento” y “la moral independiente”, la revolución quiere al pueblo en el origen del poder, postula el divorcio vincular, la disolución de la familia y el aniquilamiento de la autoridad del Padre de Familia.
Tampoco es la Igualdad cristiana, la que propugnan los revolucionarios, para ellos la igualdad es consecuencia de la libertad desligada y significa el aniquilamiento de las dignidades accidentales pero constitutivas del singular, una igualdad que era la destrucción de la autoridad personal, con la destrucción de la autoridad de Dios, del Papa, y de los obispos.

La Fraternidad fundada en la Encarnación de Cristo se ve avasallada como consecuencia de la libertad autosuficiente y de la igualación inmanentista que conduce a proclamar una abstracta fraternidad inasible, suprema expresión de los principios humanistas.

 Como Católicos, Apostólicos y Romanos debemos comprender y no dejarnos confundir con los preceptos postulados por esta revolución anticristiana que reiteramos propone una libertad religiosa que otorgaba todo derecho al error y  una fraternidad que ya no reconocía a Dios como el único Padre de todos sus hijos. Una revolución que “igualó” los derechos de Dios con los del Estado…una revolución que “rebajó” los derechos de la Verdad y los igualó a los del error, a los de la mentira, poniéndolos al mismo nivel. Una revolución que destronó al verdadero Rey de Reyes Jesucristo y a Su Madre, para terminar de rodillas ante un Napoleón, emperador auto fabricado y auto coronado.


Cabe aclarar que este no es un tema histórico sino que goza de gran actualidad, sus nefastos resultados llegan a nuestros días. Su Santidad Benedicto XVI en su Encíclica “Spe salvi” sostiene que: “…la Revolución Francesa como el intento de instaurar el dominio de la razón y la libertad, ahora también de manera políticamente real. La Europa de la Ilustración, en un primer momento, ha contemplado fascinada estos acontecimientos, pero ante su evolución ha tenido que reflexionar después de manera nueva sobre la razón y la libertad”.
Lo que nos preocupa como laicos católicos es que en un Estado moderno, la población puede ser inducida en pocos días e incluso en pocas horas, mediante la radio, la prensa, el cine, la televisión e internet,  a pensar de una determinada manera o en contra o favor de una persona, de una idea o de la sabiduría milenaria de la Iglesia y del mismo Dios. La revolución tiene tal potencia que ha amordazado a la opinión pública casi en su totalidad, al mismo tiempo que se les repite y se les vende hasta el cansancio que son “libres para expresarse”. Pero nuestra mayor preocupación es tener que aceptar que el Mal se ha infiltrado aún en la misma Iglesia de Cristo. Como dijera el Papa Pablo VI, el 29/06/72: El humo de Satanás entró en alguna hendidura en el Templo de Dios: la duda, la incertidumbre, la problemática, la inquietud, la insatisfacción, el enfrentamiento se manifiestan…la duda ha entrado en nuestras conciencias”.
En síntesis, digan lo que digan todos los revolucionarios enemigos de Jesucristo, la historia y la experiencia nos han demostrado que fue solo la Iglesia de Cristo quien derramó su propia sangre  y no la ajena (como lo hicieron los liberales, masones, socialistas y comunistas) para restaurar en el mundo la dignidad humana y enseñarle a todos los hombres que son iguales ante Dios. Fue Ella sola la que introdujo la libertad e igualdad civil y política aboliendo la esclavitud del paganismo. Ella sola devolvió la libertad, el honor y la dignidad a la mujer, al niño, al esclavo y a todos los pueblos sometidos, porque quiérase o no, fuera de Jesucristo y de Su Iglesia, no hay más que dominación, despotismo y tiranía del hombre sobre el hombre.

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