Con todo lo que está sucediendo en el mundo el gran reset, Davos y la
Agenda 2030, no quedan dudas – si seguimos aborregados –que la pobreza será el
encuentro común de toda la humanidad, salvo ellos, la mínima minoría que no ha
sido elegida por nadie y maneja los hilos de la marioneta.
Cada día cuesta más pensar, y duele aún más, por eso muchas veces los
pensamientos se ocultan mezclados entre sí en el cesto de las cosas sin
sentido.
Pero, por ahí, el ánimo se recupera efímeramente, se revisan las ideas
estrujadas, y aunque duela, la esperanza tambaleante se enciende y salen estas
cosas tristes con un dejo de dolor que se ahogan con otros tantos pesares
físicos y sobre todo espirituales.
Y acá viene de lo de ser pobre y la pobreza que sin prisa ni pausa se
nos viene encima como un torbellino imparable.
Diego Chiaramoni sostiene con lucidez “de andar mirando aves, por contraste, he
comprendido aquello del caminar ciego detrás de la solicitud terrena. Ellas,
que “no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros…”, me han
enseñado la radicalidad existencial de la humildad y el eco biográfico de la
luz natural. De andar mirando aves, he aprendido el hondo sentido de la pobreza
como virtud”.
En latín pobre significa poco,
engendrar, entonces es aquel que produce poco. Para los griegos significa
hambre y dolor, y mucho más profundo, sin salida. Para Heidegger: “Ser
verdaderamente pobre significa: ser de tal manera que no carecemos de nada,
salvo de lo no-necesario […] Lo no-necesario es lo que no viene de la necesidad
[apremiante], es decir, de la coacción, sino de lo Libre”.
Es decir que una manera de ser
pobre, es ser hondamente rico por carecer de necesidades superfluas y estar
sumiso a la contemplación, como un vicio irrefrenable.
Después está la pobreza que se va
extinguiendo con el tiempo, que merodeaba por los duros trajinares del campo,
por la vida sufrida de los alrededores de las ciudad.
¡Qué belleza esta pobreza!
Desde que salía el sol hasta el ocaso todos con algunas tareas, desde
los abuelos hasta los nietos que desde niños curtían sus manos en las labores
familiares.
¿Cuántos abuelos acompañados con el zumbido atronador de las chicharras
ponían su cuerpo y su alma a la siembra y cosecha de los frutos de la huerta?
Mientras las herramientas calaban la tierra sedienta de semillas para
fructificar, el Rosario y otros rezos acompañaban la tarea.
No había flaqueza ni desmayos, porque luego venía la esperada hora del
mate con las tortas caseras, donde el diálogo era el centro de tan esperado
encuentro.
¡Sí, el diálogo!
¿Pero, como el dialogo si a tientas sabían leer y escribir, eran unos
pobres ignorantes al lado de lo instruido que somos ahora?
Qué paradoja del destino estos “ignorantes teñían de ideas fecundas sus diálogo, y los instruidos de nuestro tiempo
solo tienen monólogo, porque no tienen logos, no saben escuchar, solo saben
balbucear las cosas desperdigadas que por ahí les enseñaron.
Que pobres, no se quejaban, trabajaban, no hacían huelga, no tenían
horarios, no pedían planes, no exigían viviendas, solo les quedaba en la cuenta
de sumar, la solidaridad y el sostén familiar como ejemplo de vida.
Roberto E. Franco
25.04.22
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