| 23 abril, 2020
Cada vez somos más conscientes de que la peste que estamos sufriendo, como todas las pestes que en la historia han sido, tiene caras ocultas, no precisamente agradables y de consecuencias tan apestadas como la misma peste.
Hoy tenemos reunión del los ‘jefes de dicasterio’ con Parolin en la sala Bolonia del Palacio Apostólico para ver cómo reabrimos el Vaticano. El nivel de productividad de los funcionarios del Vaticano es más bajo que el de sus colegas italianos, que se encuentra entre los más bajos del mundo, esto unido al escaso nivel profesional, se trabaja poco y además mal. El cierre le va muy bien a la iglesia, nadie nota la ausencia, en todo caso en un sentido positivo. Lo primero que llama a atención es que Parolin nos anuncia que tenemos que esperar para ver que sucede en Italia a partir del día 4 y sumarnos. A esto se le sigue llamando soberanía, independencia y demás. Tendremos mascarillas para todos, ya se pueden encargar en la farmacia y se recomienda la distancia de seguridad. Las lágrimas contenidas por la ausencia de ingresos no las pueden cubrir las máscaras. El Vaticano vivía del turismo, no de las donaciones de los católicos y esto se ha terminado, tenemos por delante unos meses en que sus Eminencias sufrirán un doloroso baño de realismo.
La actual administración del Vaticano, la del gobierno del Papa Francisco, se ha caracterizado por el entusiasmo por la ecología, tal como se cocina en las Naciones Unidas, y por la defensa del gobierno mundial al más puro estilo masónico del nuevo arden mundial. Ayer vivimos otra audiencia política con la soldadura definitiva del pensamiento y la acción entre la Santa Sede y el lobby ecológico. El 50º aniversario del Día de la Tierra se celebra plena pandemia. Tenemos un maratón multimedia de 12 horas, con el título significativo de ‘One people, one planet’ , al que asistieron los medios de comunicación del Vaticano. El Papa Francisco dedicó su audiencia al Día de la Tierra, interrumpiendo el ciclo de catequesis, con dos afirmaciones sorprendentes: la definición sin precedentes y controvertida de «pecados contra la tierra», y la referencia, sin mencionarlo, a la idea de la tierra como un organismo vivo que reacciona a las agresiones, o más bien se venga. En estos 50 años, las fuerzas promotoras del Día de la Tierra han crecido enormemente ocupando puestos clave en muchos gobiernos y han tomado el control de las Naciones Unidas y, en los últimos años, han ocupado el Vaticano. Tienen la idea de que el hombre es el verdadero enemigo de la tierra y, por lo tanto, su presencia debe ser limitada: tanto cuantitativamente con control de la natalidad, especialmente en países pobres; como cualitativamente, frenando el crecimiento económico hasta llegar al «feliz decrecimiento», por desgracia estamos presenciando la entrega de la Iglesia al poder mundial.
La crisis provocada por la peste está acelerando procesos. Son muchos los que interpretan estos hechos como un retroceso en los planes del nuevo orden mundial que ve cómo muchos de sus principios pueden desaparecer con la crisis. En este sentido se interpretan los deseos de corregir, y no abolir, que vemos en las declaraciones de conocidos defensores del globalismo hablando de «globalización consciente». Los cantantes del mito de la «globalización feliz» continúan sin desanimarse para profesar su fe frente a los escombros del sistema socioeconómico internacional. Pero cada día más voces que se lamentan sobre el fin de la globalización porque el orden geopolítico mundial será irreconocible cuando cese la epidemia y que ha sancionado el final de lo que parecía una marcha triunfal e imparable del «progreso» y el advenimiento de un profundo cambio de paradigma cultural, económico, social y político. Estamos ante el declive del viejo mundo globalista y el abrupto regreso a la escena de los estados-naciones. La globalización misma decreta el fin de la globalización, ya que el sistema global actual es el sospechoso «número uno» y «culpable» de la pandemia. El Papa Francisco se ha olvidado de repente de la afición a derribar muros, abrir puertos, construir puentes y se ha enjaulado detrás de los imponentes muros del Vaticano. Casi ninguno de los gobernantes de hoy en día podrá mantener su poder, hay algo nuevo esperándonos que surgirá sobre los escombros del orden internacional golpeado de muerte por la peste.
El diario de la peste sigue adelante. Viganó nos ofrece unas reflexiones sobre cómo se ha ocultado el tercer secreto de Fátima. Se desmiente un posible viaje del Papa Francisco a Wuhan. La interrupción de una Misa y la negativa del sacerdote que la preside. Los silencios post sinodales amazónicos. El Papa Francisco y sus 45 minutos al teléfono con Macron. La revista de los jesuitas que se publicará en Chino. El descubrimiento de muchos sacerdotes que están aprendiendo y celebrando con gozo la misa tradicional en esta cuarentena.
«El que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. De lo que ha visto y ha oído da testimonio…»
Buena lectura.

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