sábado, 13 de enero de 2024

APRENDIENDO ECONOMIA

 


El joven de 19 años va, como todos los días a la facultad, donde recibe una meticulosa “instrucción” sobre la economía que tantos padecimientos nos provoca.

Es interesante imaginar un joven en distintas épocas de los últimos cincuenta años.

En lo accidental cambia en matices, en lo esencial es lo mismo, todo conduce por el laberinto a un final sin salida.

Allá por los 70 la enseñanza de la economía se ajustaba a un diseño penosamente unidireccional, el modelo a seguir era Milton Friedman con su trastornada escuela de Chicago.

Además, había que seguir al pie de la letra la Economía de Samuelson, esbirro de la elite que llegó a decir “no me importa quien maneje la economía de un país, basta que yo le escriba sus libros”.

Quedaban algunos profesores defensores de nuestra Patria, así en la Facultad de Derecho de la UBA, el profesor Vaquer pedía libros de textos a los alumnos y todos caían con Samuelson o Fisher, los desechaba. Un día, un alumno, hijo de un economista incorrecto le llevó “Economía” encuadernada en cuero de Walter Beveraggi Allende. Su emoción fue inmensa ante tamaña obra de economía: ¡era su texto de economía!

La ignorancia y el servilismo de los profesores sumisos e ignorantes y las universidades sumieron a Beveraggi Allende en el ostracismo.

¡Defendían la economía al servicio de los poderes externos y no los intereses de la Patria!

Volviendo al joven estudiante de esa época, un día el profesor abre el libro de Samuelson y le enseña la ley cumbre de la economía (para los liberales): ¡la ley de la oferta y la demanda!

Y les dice “en un eje de coordenadas se proyectan la oferta y la demanda, como son opuestas en un punto se cruzan y ese es el punto de equilibrio”.

Es simple, decía y lo dice hoy, no hay demandantes y oferente insatisfechos, todos lograron su objetivo.

Y agregaba el bien es “la pulpa”, el precio de equilibrio es “cien” a una cantidad de “mil kgs”: ¡todos satisfechos, no hay demandantes insatisfechos!

¡Tamaña felonía!

Un estudiante, perteneciente a una familia de holgados recursos consiente los dichos del profesor y le dice: “brillante conclusión profesor, eso se puede verificar a diario”.

Otro joven estudiante, hijo de un humilde trabajador, de escasos recursos refuta al profesor y le dice con dolor y firmeza: “profesor, eso es falso, es cierto lo del punto de equilibrio, pero el error de su análisis es que demandantes no son todas las familias, son solo las que tienen poder adquisitivo. Los que no entran en la curva de demanda se mueren de hambre”.

El profesor vio desmoronarse sus encumbrados conocimientos copiados de la cumbre de la economía, del pináculo liberal, y quedó en silencio, estupefacto.

El joven reflexivo, regresó a su casa, la mesa lista lo aguardaba, su familia preparando el almuerzo.

Siempre lo mismo, llegaba y fustigaba a su padre por su falta de adecuación al mundo, pues la mesa, como todos los días era frugal, muy frugal, y siempre mirando a su padre lo vapuleaba por lo que él llamaba su pereza y su abulia.

Ese día fue distinto, saludó acongojado, tomó a su padre, lo abrazó y sollozando solo le dijo: “perdón viejo por tanto dolor que te he ocasionado”.

Es así, es simple, sin vueltas.

Las grandes elucubraciones que llenan miles de libros, puro palabrerío, siempre los mismos, llenan de frases inconexas los programas de televisión y los diarios, construyen una realidad efímera, mientras el devenir del hombre común – la realidad – va por otro lado.

Los que quedan fuera de esta “realidad construida” (políticas de estado, los que viven de planes), son los que sostienen esta efímera realidad, y son despojados para sostener el carnaval lujurioso del poder democrático.    

El joven de hoy, padece el mismo escenario, agravado, pues estudie donde estudie, las anteojeras de los libelos que le ofrecen carecen de contenido.

Pasado el tiempo, las historias se reencuentran, con diferencias de matices los dos, padre e hijo han sufrido y sufren el mismo horror.

                                                                                                                 Roberto Franco

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