Las realidades económicas se
encuentran, sin dudas, en el hombre. Si éste no hubiese sido creado por Dios no
habría razón para hablar de economía. Así de simple, no habría quien se pudiese
ocupar de los problemas económicos.
La economía no se da
en los ángeles, pues sus bienes son de tal naturaleza que no necesitan ser
economizados.
Tampoco se da en los
animales, pues éstos, desprovistos de razón, no sienten la necesidad de
economizar, sólo se mueven por instinto y resolviendo la necesidad presente.
El joven estudiante
de “Aprendiendo economía” – nota anterior - habiendo recapacitado, aplicando
solo el sentido común ante tamaña felonía comienza a indagar sobre la
“reciprocidad en los cambios”.
Es totalmente inadecuado e inútil hablar de reciprocidad en
un mundo corroído por la huella profunda, puesta a fuego, del egoísmo
instaurado por el capitalismo liberal, como hecho sobresaliente de la vida
social y económica.
En consecuencia,
fuera de época resulta tratar de difundir una economía en la cual la
reciprocidad en los cambios sea el espíritu que rija todas las actividades
económicas.
Esa reciprocidad en
los cambios, que es el principio fundante del funcionamiento de una economía
natural, permite la existencia de un ambiente social donde todos, si
absolutamente todos, son miembros necesarios de la sociedad que integran.
No se necesita ser
demasiado “instruido”, para interpretar cuales son las cualidades que dan
formas a las relaciones económicas que surgen del “contrato” vigente.
Hay relaciones
económicas que están impregnadas por la coacción,
en la cual una de las partes exige a otra un bien o una prestación sin recibir
nada a cambio de ella. Propia del capitalismo marxista, este tipo de relación
se ha incrementado en forma sostenida a partir del momento en que la
globalización comenzó a manifestarse en forma expresa. Es notoria su incidencia
en las relaciones laborales.
Una segunda forma de integración es la
del intercambio, propia de la
economía de mercado, instrumento fundante de la democracia liberal junto con
los medios de comunicación. A través de ella se sostiene que el equilibrio se
logra espontáneamente por el encuentro competitivo de la oferta y la demanda.
Al encontrarse ambas se logra el equilibrio y todos quedan plenamente
satisfechos.
¡Qué estafa a las
ilusiones de tantos jóvenes que adoptan esta premisa como un dogma
incuestionable!
Estas familias, ¿qué
tipo de intercambios en la vida económica pueden llevar a cabo
satisfactoriamente?
Podemos coincidir en
que son muy pocos.
Sería indispensable
que muchos economistas al elaborar sus elucubraciones de laboratorio, pusieran
los pies en tierra y pensaran en el otro, en aquel semejante que no puede
satisfacer ni las necesidades elementales y se le niegan los medios para poder
hacerlo.
Es falso que el
intercambio que surge de la mal llamada competencia, logre el equilibrio de las
partes. Es falso porque el sistema se ha fijado como meta, no la atomización de
los oferentes, sino la progresiva y constante concentración de las riquezas en
pocas manos para plasmar en la realidad ese anhelo indiscutible del poder
mundial de una sola economía que rija los destinos de una única sociedad.
En este punto se
comprende el interés de los financistas ya consolidados como dueños de los
destinos de la humanidad, de colaborar expresamente para que el marxismo fuera
una realidad en la antigua Rusia.
¿Por qué?
Porque el marxismo logró en pocas
décadas lo que al liberalismo le costó tanto: la concentración de la riqueza.
La tercera de las
formas de integración es la de la reciprocidad.
En ella se funda la ley de reciprocidad en los cambios que sustenta el
funcionamiento de una economía natural llena de significado para todos los
hombres.
Esta forma de
integración está impregnada por la solidaridad y se distingue básicamente del
intercambio por su carácter atemporal.
En el intercambio
observamos la vigencia del contrato y la simultaneidad del acuerdo.
Lo atemporal de la
reciprocidad se funda en el hecho que una prestación realizada puede ser
recompensada un tiempo después. Además, el acuerdo es íntimo de ambas partes.
No existe ningún organismo que establezca las pautas, sólo puede servir de
orientación.
La última forma de
integración económica es la del altruismo.
Es de carácter unilateral. Una de las partes entrega un bien o un servicio a la
otra, sin requerir ninguna contraprestación a cambio. Para que esta forma logre
su plenitud es necesario el anonimato de quien dona, así es apacible el
regocijo de quien recibe.
Roberto Franco
04.08.23
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