Hace un tiempo ya amaneció la primavera, y en un transcurrir
apesadumbrado se fue, sin pena ni gloria, por lo menos para mí.
A cuatro días de su llegada, te ibas, en silencio, no me preguntes lo
que siento.
Me levanté temprano, y el sol estaba de luto, se compadeció de tu
partida.
Y los días fueron pasando y siempre presente, en cada movimiento de
este mundo perfecto creado por Dios, las golondrinas escaparon, tomaron otro
camino, como los reyes magos que regresaron por otro camino para proteger a
Jesús de Herodes.
Las hierbas que crecen, las hojas que cubren los arboles me preguntan
por ti, extrañan tu partida.
El sauce llorón, en el cual te cobijabas recogiendo sus hojas y sus
frutos, dando clases excelsas, me pregunta y no sé qué decirle. Le digo se fue,
se fue muy lejos, pero, pero, no volverá.
El ceibo que era tuyo y lo admirabas y lo describías siempre, sabes
que:
¡Está muriendo, de tantos años de inclemencias insondables, como las
que tú padeciste, y se asocia a tu partida!
El perro que correteaba con nosotros, ya no me sigue, no le importa.
La plaza, que descubriste de los búhos, presagia tu partida.
El viejo molino que visitábamos y a sus pies nos quedábamos horas
hablando de las cosas hermosas que nos unían, ya gira poco y cruje con dolor en
cada vuelta.
Esta primavera fue triste, más triste que nunca.
Llora, llora mucho, se asocia al dolor tan profundo.
Insisto, no he visto las golondrinas, como presagiando tu partida,
tomaron otro camino, otros aires donde el dolor no sea tan profundo.
El verde regresó. La canchita que tanto amabas, está más linda que
nunca. Me paro en el centro, medito largamente, miro los arcos, y me pregunto
con quién jugaré algún día. Mi compañero
de equipo, mi estrella, mi Rojitas, mi Blas Giunta ya no está y quedé solo en
el equipo, y para mi es mucho, pues tú eras la estrella. Eras la gambeta y el
sacrificio, ponías el alma en cada partido.
Desde que volví a mi casa, todos los días veía y me seguía un
picaflor, hasta que un día en la rosa china que tu tanto admirabas sus hojas y
sus flores, abajo, bien abajo hizo un nido y tuvo dos
pichones y los tuve entre mis manos. Crecieron y se fueron, pero su
madre hasta dentro de la cocina reposaba.
Seguro me la mandas tú, amigo del alma.
No miro para atrás, miro y sigo adelante, lo de atrás es recuerdo
imborrable y lo de adelante, y sobre todo hacia arriba es esperanza en un
futuro de goce y sosiego.
Aquí abajo elevo los ojos y te imagino gambeteando los Ángeles que con
una sonrisa sé te cuidan, te hacen tan feliz.
Cuatro meses, he perdido la noción del tiempo, pero para mí tú
estuviste ayer, estás hoy y estarás siempre.
Nuestro cariño fue escaso, esquivo, doliente, la dicha fue solo fugaz.
. .
No sé cuántas primaveras me quedan, pero ya no serán cobijadas por ese
sol que guarece tantos sueños, estarán tristes y anhelantes. . . . .
Roberto
E. Franco
No hay comentarios:
Publicar un comentario
DEJENOS SU COMENTARIO, ¡ALABADO SEA JESUCRISTO!