miércoles, 10 de enero de 2024

LA HUMANIDAD INUTIL

 

¿Para qué necesitamos a los seres humanos?

“el hombre común -una gran parte de la humanidad- es "inútil"”.

Yuval Noah Harari

 

Es evidente que esta macabra iniciativa de eliminar la población, no es algo nuevo, además se han sucedido hechos similares a lo largo de la historia de la humanidad, pero nunca alcanzaron el poder de los satanistas de nuestro tiempo.

Roberto Pecchioli analiza con precisión “ya en los años cincuenta, en los albores de la revolución tecnológica, Gunther Anders escribió que el hombre es anticuado. Su inteligencia ya no era capaz de seguir el ritmo de las innovaciones tecnológicas, descubrimientos en relación con los cuales se reveló la insuficiencia del homo ya no tan sapiens. Anders llamó a la brecha que se estaba ampliando entre el hombre y la máquina la “brecha prometeica”. Décadas después, parece claro el plan de trascender al hombre hasta el punto de sustituirlo por el aparato artificial. Los robots, las nanotecnologías, el auge de la Inteligencia Artificial, el ciberhombre hibridado con la máquina, son realidad. A muchos les resulta difícil comprender el significado de esta gigantesca reconfiguración, el reinicio más grande y definitivo”.

Este liberalismo globalista a través de las finanzas nos ha ido doblegando con el correr de los últimos siglos y especialmente las últimas décadas.

Dominar a su antojo a la humanidad no es más que un medio para alcanzar el objetivo definitivo el cual consiste en alcanzar el transhumanismo o “el deseo de superar a la criatura humana cambiando irrevocablemente su naturaleza biológica”.

Arianna Editrice agrega, “el fin del hombre, el homo sapiens sapiens , la especie a la que pertenecemos, está cerca. Los portavoces de los maestros universales nos lo dicen claramente. El hombre anticuado de Anders es ahora "inútil", en palabras de Yuval Harari, intelectual de referencia y portavoz del Foro de Davos, transhumanista, autor del best seller Homo Deus (el hombre del futuro), cuyo título es un preciso programa ideológico”.

Es interesante lo que agrega Pecchioli “Harari es en sí mismo un producto transhumano: un hombre de confianza de los señores del mundo, israelí-estadounidense, ateo, homosexual (la humanidad al revés, estéril...). Es uno de aquellos a quienes la cúpula confía el desarrollo de ideas y la difusión de la palabra de los superiores al hombre antiguo, en pequeñas dosis y de forma selectiva. Tenemos que acostumbrarnos. Lástima para nosotros si no entendemos: nos hicieron tomar conciencia. El homo deus, que rehace la creación imperfecta y se pone en el lugar de Dios, la naturaleza o la evolución -la vieja y renaciente utopía gnóstica- no somos nosotros. Son "ellos", los iluminados, quienes reclaman no sólo la dirección de la humanidad, sino incluso la propiedad de los humanos”.

Así habla Harari, “El mundo está atravesando un cambio profundo: la inteligencia artificial está desempeñando un papel cada vez más importante. ¿Qué impacto tiene esto? Se acabó la idea de que los seres humanos tienen alma o espíritu y libre albedrío”. No conocemos ningún materialismo más absoluto, frío e inhumano que el destilado por los ventrílocuos de los señores. Predicen (o saben…) que la humanidad se dividirá en castas biológicas. En lugar de una humanidad, habrá varias. El resultado es que la mayoría de la gente se vuelve “económicamente inútil” y “políticamente impotente”.

El panorama es sombrío pero seguimos ocupados y preocupados por la mediocridad tendenciosa de los grandes medios de comunicaciòn, y para colmo esperando el desenlace diario de programas degradantes para la vista, el lenguaje y la moral de los argentinos.

Y en lugar de beber en Platón, Aristóteles y Santo Tomás entre otros, nuestros jóvenes, ignorantes de los problemas que los aquejan, saborean estos dislates que vienen de afuera para deformarlos, y para completarlo, siguen todo el día al último invento mediático de la globalización, los influencer, personajes “seductores de la nada”.  

                                                                                          Roberto E. Franco

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